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Un domingo cualquiera de resaca

me desconciertas.

Yo me alegro de volver a verte

y tú me preguntas:

 

¿Cómo te llamas, de dónde eres?

 

Casi dos horas mal invertidas

de mi tiempo. Ayer éramos íntimos

amigos y hoy eres alma perdida

que juega a coleccionar desconocidos.

 

Mientras me ofendo

pero respondo de nuevo a tus preguntas,

no salgo de mi asombro

cuando insistes:

 

Mándame una foto. ¿Me pones la webcam?

 

Y apenas me das tiempo para contestar.

Ni siquiera para rechazar

la prisa de tus hormonas

clavándose por mi espalda.

 

Después de unos días eliminas mi contacto

de tu lista, quedándote con la duda

de mi imagen,

y sin la miel de unos labios

que valen más

vestidos que tú desnuda.

 

 

Eduardo Cassano