Sonrisa enigmática
No hay nostalgia peor que
añorar lo que nunca jamás sucedió.
Ella
era una chica diferente, más hermosa por dentro que por fuera. Tenía una voz muy
agradable, una mirada fija penetrante y era muy discreta, siempre al margen de
los cotilleos ajenos. Nunca hablaba de su vida privada ni se metía en la vida
de los demás, ésa era la gran duda de Rubén, ya que no podía averiguar si se
trataba de una chica comprometida.
Impresionado por las cualidades de la muchacha, no
dejaba de pensar en ella. No le importaba que apenas la conociera, ni tan
si-quiera la propia convicción de que ella no se había fijado en él, debido a
la distancia que existe entre sus puestos de trabajo dentro de la empresa.
Sólo
la veía en tres o cuatro ocasiones al día, que durante un mes parecía ser muy
poco tiempo para enamorarse, pero suficiente para él, cansado de conocer chicas
de cuerpos espectaculares y mentes vacías, por lo que enseguida supo que ella
era especial.
No había encontrado antes una mirada tan segura y
una voz tan sensual. Iluso, él, se sentía observado incluso cuando ella removía
su café, inmersa en una conversación que no le interesaba y, sin embargo, se
enteraba de todo. Nunca se atrevió a mirarla a los ojos durante más de un
segundo, se tuvo que conformar con robarle miradas perdidas y tratar de llamar
su atención, algo que nunca ocurrió.
Un lunes por la mañana, y después de un mes de
incertidumbre, Rubén decidió que era el momento de afrontar sus miedos; iba a
confesar su amor a la chica que le quitaba el sueño desde la primera vez que la
vio, aunque el lunes nunca fue un buen día para ir a trabajar, y el trabajo
nunca fue el mejor lugar para encontrar el amor.
Su corazón se aceleró nada más verla, pero estaba
rodeada de gente y esa no era la situación que había imaginado la noche
anterior. Rubén pasó los peores cinco minutos del último mes, sin apenas decir
nada y midiendo el tono de las escasas palabras que dijo. Ella también
permaneció callada, no parecía tener un buen día, pero seguía tan hermosa como
siempre.
Al terminar la jornada laboral, los dos se
encontraron a la salida, esta vez estaban solos. Era el momento soñado por
Rubén y sólo acertó a decir un tímido “Hola”.
Ella le devolvió el saludo mientras él trataba de ordenar todas las palabras
que tenía en la cabeza, pero no fue posible. En un abrir y cerrar de ojos ella
se marchó, regalándole un tímido “adiós”
y otra sonrisa enigmática, la última.
Al día siguiente, no apareció, ni durante el resto
de la semana. Estaba inquieto y no sabía que ocurría, hasta que un cotilleo le
sacó de dudas; la habían despedido, tenía un contrato temporal y la empresa lo
rescindió.
Rubén no se lo podía creer, estaba angustiado. Volvía
a la cruda realidad de afrontar su jornada laboral sin la alegría que ella le
proporcionaba sólo con poder compartir unos minutos. Estaba muy triste.
El amor a primera vista existe, lo pudo comprobar
tras años de escepticismo, pero ya no pudo volver atrás. No había modo de
contactar con ella y decirle todo lo que no se atrevió aquella última tarde,
cuando una mujer fue capaz de vendarle los ojos sin usar las manos, tan sólo
con la mirada, la última sonrisa y el sonido de su voz al despedirse; entre tímida
e indecisa, entre la eternidad y su prisa.
Comprendió que la vida avanza de forma implacable
y no se detiene por nadie. Fueron pocos los instantes en que la pudo ver de
color rosa, pero no hizo nada por conservar ese color y se le escapó. Así,
decidió que en la siguiente ocasión que conociera a una mujer similar no iba a
desaprovechar de nuevo la ocasión de intentar ser feliz. Al menos, había
aprendido algo.
Eduardo
Cassano.