¿Y por qué?
Tristes guerras, si no es amor la empresa. Tristes, tristes.
Tristes armas, si no son las palabras.
Tristes, tristes. Tristes hombres,
si no mueren de amores.
Tristes, tristes.
Estaba
en el salón de la casa Tomás, jugando al parchís con su hijo Eric, de diez
años, cuando, de repente, hizo una de esas preguntas para la que nunca están
preparados los padres:
–Papá, ¿de donde vienen los niños?
Tomás tragó saliva y se vio atrapado, solo, sin la
ayuda de su mujer para responder al niño, quizás con alguna de las clásicas
historias que se cuentan en estos casos. Tenía que darle una respuesta a Eric y
recordó un anuncio de televisión:
–Mira hijo, papá le pone una semillita a mamá y
cuando pasan nueve meses, la semillita se convierte en un precioso bebé.
–¿Entonces, yo era una semillita? – preguntó con curiosidad Eric.
–Sí, hijo, cuando naciste te convertiste en un hermoso bebé, y ahora estas camino de ser todo un hombre.
El niño se conformó con la respuesta de su padre,
y, de repente, una noticia en la televisión llamó la atención del pequeño; unas
desgarradoras imágenes anunciaban que muchos niños pequeños se morían de hambre
en África.
–Papá, ¿y por qué se mueren de hambre, no tienen
comida en África? –preguntó de nuevo Eric.
–No hijo, es un país del que llaman “tercer mundo”
y mucha gente sobrevive todo un mes con lo que nosotros nos gastamos en un solo
día, pero no hay comida para todos y, por desgracia, ocurren estas noticias.
–¿Y por qué no tienen comida? –insistió Eric, con la mirada triste.
–Ya lo entenderás cuando seas más mayor, hijo. Es un problema entre países y políticos a los que la gente que se muere de hambre no parece importarles.
Sin tiempo a entender las palabras de su padre, la
atención de Eric volvió a centrarse en el televisor con otra noticia
estremecedora; varios ataques con coches bomba dejaron veinte soldados
americanos muertos en Bagdad.
–Papá, ¿por qué matan a la gente en Bagdad? –dijo
Eric, con dificultad al pronunciar el nombre de la ciudad de las mil y una
noches.
–Porque están en guerra, hijo. Los americanos han
invadido Irak y luchan unos contra otros para ganar la guerra.
–¿Y por qué están en guerra?
–No lo sé hijo, los americanos dicen que los malos
tienen armas para destruir el mundo y quieren evitarlo.
–¿Y por qué, si los americanos son los buenos, no
ayudan a los niños de África para que no mueran de hambre?
–Porque en África no hay petróleo, hijo.
Eric no entendió nada, pero pensó que lo que le
había dicho su padre no era nada bueno, se encogió de hombros y dejó de hacer
preguntas sobre la vida porque todas resultaban tener respuestas tristes. Los
dos apagaron el televisor y siguieron jugando al parchís, Eric se sabía un
chico afortunado al tener la suerte de no haber nacido en África, pero sentía
una enorme tristeza por ellos y, como todavía era pequeño, no en-tendía porque
mientras muchos niños se mueren de hambre en una parte del mundo, en la otra se
derrocha el dinero en armas para matar a gente sin parar.
Eduardo
Cassano.